La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, flamante Premio Cervantes, vive en España desde 1972, por mor del exilio al que se vio abocada dada la situación política en su país. Hasta la muerte de Franco, vivió también represaliada por el régimen, fruto de un acuerdo entre las dictaduras uruguaya y española. Pese a todo, acabó instalándose en Cataluña hasta alcanzar una cierta felicidad. Se familiarizó con el catalán, idioma que terminó por entender, leer y hasta traducir. Mucho tiempo después de su llegada, Peri Rossi participaba en varias tertulias de Catalunya Radio. Utilizaba para ello el idioma español, por tener más habilidad con él a la hora de razonar y expresar los matices de sus ideas. De pronto, un día de 2007, la emisora decidió prescindir de ella en las tertulias precisamente por blandir el español en lugar del obligatorio catalán. El revuelo fue de aúpa. Varios compañeros, como Caballero Bonald, Esther Tusquets o Mario Benedetti, firmaron un manifiesto para rechazar esta censura. Ella misma escribió un artículo criticando el ambiente represivo: «Creo haber sufrido un claro caso de persecución lingüística, como otras veces he sufrido persecución política, bajo la dictadura uruguaya o franquista».
¿Viven los castellanohablantes una persecución lingüística en ciertos territorios bilingües de la península? Ahórrense las referencias a exageraciones e hiperbolismos: esta persecución no tiene que ver con las hostias de la dictadura cívico-militar uruguaya, ni con las galopadas de los grises franquistas, como bien refleja en la comparación la propia Cristina: una es persecución política y otra lingüística, aunque en algún punto empiezan a tocarse. Sé que me van a decir que las dos lenguas viven en armonía, pero ¿a costa de qué? A costa de que los que tienen una de ellas como principal, los que, como Peri Rossi, tengan el castellano como lengua con la que explotar mejor sus cualidades intelectuales se vean relegados a un segundo plano en según qué ambientes, véase la famosa tertulia de Catalunya Radio, donde destacarán sólo los que tengan pericia con el catalán.
El último caso lo hemos vivido hace unos días, cuando un alumno de Cheste solicitó que las preguntas de un examen fueran traducidas del valenciano al castellano, queja por la cual terminó siendo expedientado. El muchacho pretendió elevar la queja vía hoja de reclamaciones, pero el docente le espetó que aquello no era un bar. Efectivamente, la escuela no es un bar, caballero, sino un lugar donde formarse intelectualmente y demostrar esa formación con la mayor pericia lingüística posible. ¿Por qué ese joven no puede hacerlo con el idioma que mejor maneja, tan oficial como el otro? ¿Por qué las ideas de una extraordinaria escritora, que ingresa en el palmarés más prestigioso que este plumilla ha conocido, tienen que claudicar frente a las probablemente inferiores de algún zote catalanohablante? ¿Acaso esto no es, como dijo Peri Rossi, una persecución? De hecho, acabemos con ella y con una de las frases de su omnipresente artículo: «La libertad de expresión es un derecho constitucional que atañe a todos los ciudadanos y no se refiere exclusivamente al pensamiento, sino a las lenguas en que se emite». Pues eso.
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